El último hombre en una botella
Francis Fukuyama

Porque El Fin de la historia estaba fundamentalmente equivocado

Si reorientamos nuestra perspectiva desde la política y la economía contemporáneas hacia temas más filosóficos, veremos que existen desarrollos que se perciben a simple vista sobre el final del siglo XX y que podrían acabar definitivamente con la historia humana, pero no de la manera que yo sugería en El fin de la Historia y el último hombre. Allí yo argumentaba que la direccionadidad y el carácter progresivo de la historia humana había sido impulsado por el despliegue de la moderna ciencia natural. La energía del vapor, los ferrocarriles y la producción maquiníca crearon la Era Industrial e hicieron posible la aparición del estado centralizado, burocrático y racional de Max Weber, del cual la Unión Soviética ha sido un ejemplo extremo. Por otra parte, el pasaje de una sociedad industrial a una postindustrial estableció un conjunto muy diferente de condiciones económicas, en el cual las manufacturas dan lugar a los servicios, los requisitos educativos se elevan sustancialmente, la inteligencia relega la producción material a un segundo piano, la tecnología y la innovación tecnológica lo penetran todo, y la complejidad de la vida económica aumenta en forma exponencial.

El socialismo, al menos en la forma de planificación centralizada que se practica en los países ex comunistas, no puede sobrevivir bajo las condiciones postindustriales. Las razones fueron delineadas hace cincuenta años en un artículo ya clásico de Friedrich von Hayek.1 En una economía moderna, la mayor parte de la información que se genera es de carácter local y requiere al mismo tiempo del manejo de conocimientos tecnológicos cada vez mas avanzados. Es el obrero que trabaja en la planta fabril atornillando el panel de la puerta de un auto quien sabe cuando este tiene una falla, y no el gerente que permanece sentado en las oficinas centrales de la corporación; del mismo modo, es el director con un título en ingeniería, antes que el jefe del partido, quien comprende los requerimientos para la construcción de la fabrica.

Los sistemas económicos que canalizan los procesos de toma de decisiones a través de agencias centralizadas se sobrecargan a sí mismos con obligaciones que son catastróficos cuellos de botella. El aumento de la complejidad económica y técnica, y la clase de conocimiento local y táctico que se requiere para manejar esta complejidad, impone casi inevitablemente un alto grado de descentralización en el proceso de toma de decisiones económicas, el cual significa una confianza mayor en los mercados. El cambio desde estructuras de autoridad centralizadas, jerárquicas y burocráticas hacia otras más participativas en las que el poder y la autoridad se hallan más ampliamente distribuidos, ha caracterizado no solo a la política sino también a las firmas privadas en la economía. Del mismo modo que la sobrecentralización de la toma de decisiones en Alemania del Este o en la ex Unión Soviética ahogó la innovación, también la sobrecentralización y la sobreburocratización de las grandes compañías como IBM y AT&T dañó seriamente su capacidad para competir contra empresas más pequeñas y flexibles.

En lo que a esto se refiere, la revolución de la información en marcha ha tenido un gran impacto en la política global y adelanto la llegada del fin de la Historia. Mientras que las principales tecnologías de finales del siglo XIX y principios del XX —desde las petroquímicas hasta los automóviles y desde la energía nuclear hasta las armas— alentaron las escalas jerárquicas y la centralización, las tecnologías de finales del siglo XX parecen alentar la flexibilización y la descentralización. La llegada de información barata y omnipresente ha tenido un profundo efecto democratizador; es mucho más difícil para las estructuras jerárquicas de varios tipos, desde los gobiernos a los sindicatos pasando por las corporaciones, usar su control sobre la información para manipular a aquellos sobre quienes ejercen su autoridad. No se trata de un mero accidente, entonces, que los regímenes autoritarios comenzaran a caer en todo el mundo justo cuando la economía global comenzó a dirigirse hacia la era de la información.

Sin embargo, la economía no es la única fuerza que impulsa el progreso de la historia humana. En paralelo opera la lucha por el reconocimiento; esto es, el deseo de todos los seres humanos de que aquellas personas que los rodean les reconozcan su dignidad fundamental. El fin de la historia y el último hombre argumentaba que Kant y habían acertado al afirmar que la única forma racional de reconocimiento era el reconocimiento universal, y que donde mejor se producía era en un estado liberal moderno que garantizaba un conjunto de derechos humanos fundamentales. En última instancia, este argumento se sustentaba en cierta noción de naturaleza humana: para los seres humanos no buscan simplemente fines económicos y no se contentan con la simple prosperidad material; su satisfacción depende de manera crítica de lo que llamó thymos, la parte espiritual del alma que busca el reconocimiento de su dignidad. El defecto del socialismo consistió en algo más que la falta de habilidad para crear industrias que pudieran fabricar semiconductores: al crear una dictadura que pisoteaba la dignidad de los ciudadanos en tanto individuos, fallo en no crear las condiciones de igualdad de reconocimiento que son la base necesaria para una sociedad justa.

La posibilidad de que nos hallemos ante el fin de la Historia puede surgir sólo bajo dos circunstancias. La primera es que exista algo así como la naturaleza humana. Si los seres humanos son infinitamente maleables, si la cultura puede superar a la naturaleza en moldear los impulsos y las preferencias humanas básicas, si todo nuestro horizonte cultural esta socialmente construido, entonces no existe claramente ningún conjunto particular de instituciones políticas y económicas —y ciertamente tampoco las democrático liberales— de las que se pueda decir en los términos de Kojeve que sean “completamente satisfactorias”. El marxismo asumió un alto grado de plasticidad: si los seres humanos parecían egoístas, materialistas y demasiado preocupados por la familia, los amigos y su propiedad, era sólo porque la sociedad burguesa así los había hecho. Para Marx el hombre era un “ser de la especie” con reservas ilimitadas de altruismo hacia la humanidad como tal. Parte del proyecto marxista en las ya existentes sociedades socialistas fue crear un “nuevo hombre soviético”. El socialismo zozobro porque se dio de frente contra la pared de la naturaleza humana: los seres humanos no podían ser forzados a ser diferentes de lo que eran, y todas las características que supuestamente habían desaparecido bajo el socialismo, como la etnicidad y la identidad nacional, reaparecieron después de 1989 con toda la furia. La segunda condición para el fin de la Historia, como señalé al principio de este artículo, seria un fin de la ciencia. Los americanos suelen pensar que la innovación tecnológica es una cosa buena, y que aquellos que la cuestionan son ludditas que se interponen en el camino del progreso. 2 Y con segundad, las tecnologías que han surgido como las dominantes a finales del siglo XX, en particular aquellas relacionadas con la información, parecen ser relativamente benignas y capaces de sustentar un orden mundial mas democrático. Si de algún modo se nos pudiera asegurar que la innovación tecnológica futura asumirá estas mismas características, entonces quizás podríamos decir que tenemos el conjunto adecuado de instituciones políticas y económicas. Pero eso no es posible, y ciertamente nos encontramos en el punto más alto de una nueva explosión en la innovación tecnológica que nos forzara a repensar los principios básicos. Porque del mismo modo en que el siglo XX fue el siglo de la física, cuyos productos más prototípicos fueron la bomba atómica y el transmisor, el siglo XXI promete ser el siglo de la biología. De algún modo, es posible ver la revolución biotecnológica como una mera continuación de la revolución que se vino produciendo en las ciencias de la vida a lo largo de los últimos 150 años, una revolución que nos ha traído vacunas contra la viruela y la poliomielitis, incrementando de una manera espectacular las expectativas de vida; la gran revolución en la agricultura y otros beneficios innumerables. Pero el descubrimiento de la estructura del ADN de Watson y Crick abrió una frontera mucho mas lejana en la conquista humana de la naturaleza, y la clase de desarrollos que pueden llegar a darse en las dos próximas generaciones harán empalidecer a los primeros avances. Para dar solo un ejemplo, ya no esta tan claro que exista un límite a la expectativa de vida. Recientes investigaciones sobre las células de tallo (células que existen en embriones que no se han diferenciado todavía formando los distintos órganos del bebé) sugieren que el envejecimiento y la degeneración celular son procesos genéticamente controlados que pueden ser deliberadamente puestos en funcionamiento o desactivados. Ahora algunos investigadores piensan que podría lograrse que los seres humanos vivan normalmente doscientos o trescientos años, quizás más aun, con un alto grado de salud y actividad.

El resultado más radical de la actual investigación en biotecnología es su potencial para cambiar la propia naturaleza humana. Si definimos la naturaleza humana como una distribución estadística de las características genética-mente controladas de una población, entonces la así llamada investigación de línea germinal del futuro diferirá de la tecnología medica del pasado en su potencial para alterar la naturaleza humana afectando no sólo al individuo al cual se le aplica, sino a toda su descendencia. La implicancia final de esto es que la biotecnología podrá lograr lo que las ideologías radicales del pasado, con sus técnicas increíblemente crudas, eran incapaces de conseguir: generar un nuevo tipo de ser humano.

Muchos de los defensores de la biotecnología argumentaran que esta clase de observación es indebidamente dramática y alarmista. El propósito de la investigación en biotecnología es terapéutico: apunta a sacar a la luz lo que ahora es claramente comprendido como los fundamentos genéticos de enfermedades como el cáncer de mama, el mal de Alzheimer y la esquizofrenia, y proveer sus curas. Puede argumentarse que la investigación línea germinal simplemente conduce a esta forma de terapia a su conclusión lógica: si la propensión a una enfermedad yace en una característica genéticamente heredable, ¿que tiene de malo diseñar y realizar una intervención genética para eliminar esa propensión en las generaciones presentes y futuras que puedan padecerla? El hecho de que no exista una respuesta clara a esta última pregunta sugiere —tal como ha señalado el especialista en biotecnología Leon Kass— la principal razón por la cual será tan difícil resistirse a la biotecnología en el futuro: cualquier consecuencia potencialmente negativa de la manipulación genética estará íntimamente vinculada a sus beneficios positivos, que serán obvios y mensurables. Muchas personas argumentan que podemos trazar una línea clara entre la terapia y el mejoramiento de la especie, y que podemos reservar la ingeniería genética para la primera. Pero cuando se trata de trazar límites en zonas grises, es mas fácil decirlo que hacerlo. Existe un consenso general acerca de que ciertas condiciones, como la esquizofrenia, son patológicas; el problema es que no existe consenso sobre que es la salud. Si se puede aplicar la hormona del crecimiento a un niño que sufre enanismo, ¿por qué no a uno que esta en el límite de su altura “normal”? Y si es legítimo dársela a este último ¿por qué no a aquel que, estando en el promedio de altura normal, quiere recibir los claros beneficios de tener una altura aun mayor? Tomemos otro ejemplo. Supongamos que decidimos que realmente no nos gusta tanto el hombre joven promedio. Existe un creciente cúmulo de datos estadísticos que sugiere que las propensiones a la violencia y la agresión son genéticamente heredadas y que son mucho más características de los hombres que de tas mujeres. Esto proviene de una amplia variedad de fuentes: desde el hecho de que la gran mayoría de crímenes en cualquier cultura son cometidos por hombres jóvenes, hasta recientes investigaciones que sugieren una continuidad en la agresión de los grupos masculinos desde los ancestros primates hasta el hombre actual.3 Pero si la propensión a la violencia es controlada por los genes, entonces ¿por qué no intervenir para corregirla? Aun cuando la propensión a la violencia pudiera considerarse natural, hay pocas personas que estén dispuestas a defender la violencia instintiva como una condición saludable. Ya existe un conjunto creciente de investigaciones criminológicas, muchas de las cuales provienen de los estudios de mellizos en la genética del comportamiento, que sugieren que la propensión al crimen puede ser heredada y posiblemente, en el futuro, se la localice en genes específicos que poseen ciertas personas específicas. La investigación en esta área se ha empantanado en una gran pelea sobre lo políticamente correcto, ya que muchas personas sospechan y temen que la investigación también intentara relacionar la propensión al crimen con la raza. Pero llegara un momento en que será posible separar el tema de la violencia del tema de la raza, cuando debamos afrontar directamente la pregunta: ¿en qué consiste la salud? Porque poseeremos la tecnología que nos permitirá criar gente menos violenta o gente curada de su propensión hacia la conducta criminal.

Aquellos que creen que esto suena a ciencia ficción no han estado prestando atención a lo que ha venido ocurriendo últimamente en las ciencias de la vida. Lo que alguna vez puede llegar a lograrse a través de la terapia genética ya esta siendo posible por la neurofarmacología. La terapia con drogas difiere de la terapia genética en la medida en que sus efectos no son heredables, pero su impacto afecta el mismo plano fundamental del comportamiento humano. Tomemos como ejemplo dos de las drogas más conocidas y controvertidas que actúan directamente sobre el sistema neurológico, metilfenidato (vendida bajo la marca Ritalina)4 y fluoxetina (mejor conocida como Prozac).5 La Ritalina es usada para tratar lo que se ha dado en llamar síndrome de déficit de atención con o sin hiperactividad (ADHD), más comúnmente asociado con jóvenes que no pueden estarse quietos en clase. El Prozac y sus parientes son antidepresi-vos. La Ritalina trabaja inhibiendo la recaptación del cerebro de un neurotransmisor clave, la dopamina, mientras que el Prozac trabaja inhibiendo la recaptación de otro neurotransmisor importante, la serotonina. Ambas, la Ritalina y el Prozac, han sido descriptos como drogas maravillosas y han dado ganancias enormes a sus fabricantes, los laboratorios Novartis y Eli Lilly. Existen numerosos casos en los cuales niños con muchos problemas de disciplina, violentos o agresivos, han sido efectivamente sedados con la Ritalina y reintegrados a las aulas. De igual modo, el Prozac y similares han sido en larga medida responsables de la muerte del psicoanálisis, por ser tan efectivos en el tratamiento de pacientes en un estado de depresión severa. La Ritalina es usada hoy en día por tres millones de niños en Estados Unidos; las enfermeras que suministran dosis diarias de Ritalina se han vuelto moneda corriente en muchas escuelas. De la misma manera, el Prozac y sus similares son prescriptos para más de 35 millones de pacientes en todo el país. Y como en el caso de la Ritalina, se ha creado un culto a su alrededor, en el que sus acérrimos partidarios ofrecen un vehemente testimonio acerca de sus efectos terapéuticos.

Sin embargo, estas drogas han sido objeto de una violenta controversia por su potencial para alterar el comportamiento. Los críticos de la Ritalina, incluyendo muchos médicos, creen que de ninguna manera la ADD y la ADHD sean realmente enfermedades; mientras que algunos casos de hiperactividad son claramente patológicos, en mucho otros a las personas con ese comportamiento en otra época se las hubiera caracterizado simplemente como animadas o de buen humor.6 Claro, como la Ritalina se prescribe mucho mas a los niños que a las niñas, algunos críticos llegan al punto de decir que la droga es usada para evitar que los niños se comporten como niños, es decir, que es usada no para tratar el comportamiento patológico sino el normal, que a los padres y maestros agobiados les parece inconveniente o estresante. El efecto de la Ritalina en el cerebro es similar a aquel que produce una cantidad de anfetaminas y por supuesto la cocaína.7 Las historias de los efectos de la Ritalina con frecuencia hacen que se parezca a la droga social que se administra a los ciudadanos en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley para hacerlos pasivos y conformistas.

El Prozac y similares acarrean potenciales consecuencias de mayor importancia porque afectan los niveles de serotonina en el cerebro. La serotonina esta íntimamente ligada a los sentimientos de autoestima y dignidad, y en los primates juega un papel importante en la competencia por el estatus jerárquico. Los chimpancés sienten un pico de serotonina cuando consiguen el estatus de macho alfa: al regular los niveles de serotonina en sus cerebros, los científicos pueden reordenar las jerarquías de dominio en las colonias de los chimpancés. Debido a que las mujeres tienen una tendencia mayor a sufrir de depresión que los hombres, el Prozac es ampliamente usado por ellas y ha sido elogiado en libros como Nación Prozac de Elizabeth Wurtzel. Como la Ritalina, la droga tiene usos que son incuestionablemente terapéuticos; pero una cantidad desconocida de sus millones de usuarios esta buscando lo que Peter Kramer llama “farmacología cosmética”.

Los lectores perspicaces habrán notado las palabras “autoestima” y “dignidad” en el párrafo anterior. En la interpretación del mundo hegeliano-kojeviana, la lucha por el reconocimiento de la dignidad humana o la valía no es mera-mente incidental en los asuntos de los hombres; es el motor mismo que conduce el proceso histórico. Para Hegel la Historia comienza cuando dos seres humanos se trenzan en una batalla hasta la muerte por el reconocimiento. Esto es, que demuestran que están dispuestos a arriesgar sus vidas no por la ganancia material, sino por el reconocimiento intersubjetivo de su dignidad por otra conciencia. El deseo insatisfecho por el reconocimiento crea las varias formas de orden político que han existido en la historia Humana; señorío y esclavitud, la conciencia infeliz, y finalmente el estado homogéneo universal en el cual todos los ciudadanos finalmente reciben un reconocimiento racional y por lo tanto igual, por sus dignidades.

Esta descripción hegeliana de la Historia tiene varios problemas; empezando por el hecho de que los primates no humanos aparentemente luchan por el reconocimiento también, y terminando con el hecho de que el reconocimiento equitativo provisto por una democracia liberal moderna quizás no sea tan “completamente satisfactorio” como Kojeve sostiene. Y sin embargo es difícil observar la vida política y no comprender que ciertamente se ha centrado siempre en las luchas por el reconocimiento. Pero de repente la industria farmacéutica global en su enorme inventiva nos ha proporcionado un desvío: en vez de luchar por el reconocimiento por medio de la dolorosa construcción de un orden social mas justo, en vez de buscar superar al sí mismo con todas sus ansiedades y limitaciones, como todas las generaciones pasadas hicieron, ¡ahora nosotros tan solo nos tragamos la píldora!. Nos confrontamos, de algún modo, con el Ultimo Hombre en la botella de Nietzsche: la falta de respeto que enfrentamos, la insatisfacción con nuestra situación actual, que ha sido el sustento de la Historia como tal, de repente desaparecen, no como resultado de la democracia liberal, sino porque súbitamente hemos descubierto como alterar esa pequeña parte de la química cerebral que era desde un primer momento la fuente del problema.

Existe una satisfactoria simetría en los efectos de la Ritalina y del Prozac: el primero convierte a los niños en menos niños; el segundo supera las desventajas de ser mujer. Juntos nos conducen imperceptiblemente hacia la clase de ser humano andrógino que ha sido el objetivo igualitario de la política sexual contemporánea. Como dijo el Zaratustra de Nietzsche acerca del Ultimo Hombre: “todo el mundo quiere ser el mismo, todo el mundo es el mismo”. Uno se pregunta como habrían sido las carreras de genios atormentados como Blas Pascal o Nietzsche mismo si hubieran nacido de padres norteamericanos y hubieran tenido a su alcance Ritalina y Prozac desde una temprana edad.

Estos desarrollos en neurofarmacología son solo un anticipo de lo que vendrá en el próximo siglo. Parece casi inevitable que vayamos a desarrollar la habilidad de manipular la línea germinal misma, y por lo tanto cambiar de una vez y para siempre el conjunto de comportamientos genéticamente controlados que han caracterizado a la raza humana desde la así llamada Era de Adaptación Evolutiva, cuando los seres humanos vivían en sociedades recolectoras-cazadoras. Las potenciales consecuencias tanto para la política como para la moral no deberían ser subestimadas. Porque hoy en día cualquier entendimiento que pudiéramos tener sobre arreglos políticos justos o de un orden moral universal están en definitiva basados en la comprensión de la naturaleza humana. Hasta el extremo de que la naturaleza es algo que nos es dado no por Dios o por nuestra herencia evolutiva sino por el artificio humano, entonces estamos entrando en el propio reino de Dios con todos los terribles poderes del mal y del bien que tal entrada implica.


El gobierno global y las revoluciones paralelas

En la actualidad están ocurriendo dos revoluciones al mismo tiempo, una en tecnología de la información (TI) y la otra en biología. De las dos, la primera es más visible pero la segunda, una revolución de la ciencia básica más que de la tecnología, es probable que por último demuestre ser mucho más fundamental. Posiblemente estas revoluciones paralelas interactúen de modos que vayan a tener implicancia en la gobernabilidad global. Como hemos visto, la revolución TI ha tenido efectos beneficiosos para causar el Fin de la Historia mirando las jerarquías autoritarias y distribuyendo más ampliamente el poder. En la imaginación popular la TI es vista como algo bueno para las democracias, bueno para la economía y (si uno es norteamericano) bueno para Estados Unidos también porque somos nosotros quienes dominamos la industria TI global. La biotecnología, por otra parte, al mismo tiempo que tiene efectos incuestionablemente beneficiosos, es con-siderada por muchos legos como más sospechosa. En Europa en general y en Alemania en particular, el legado Nazi ha hecho que las personas sean mucho más precavidas en relación a la investigación genética y la manipulación. Los alemanes han prohibido actividades como la investigación de línea germinal, y se han enzarzado en disputas con las compañías norteamericanas de biotecnología como Monsanto acerca de los alimentos genéticamente alterados. Como ya sugerí, en el futuro habrá desarrollos más radicales y, por lo tanto, más preocupantes.

Suponiendo que en algún momento en el futuro decidamos parar, prohibir o incluso desacelerar el desarrollo de ciertas tecnologías biologías nuevas, digamos, por ejemplo, la clonación humana, ¿podremos hacerlo? La ortodoxia prevaleciente en el mundo de la TI dice que, primero, es ilegítimo imponer límites políticos a la investigación científica o al desarrollo tecnológico y, en segundo lugar, que incluso si quisiéramos establecer límites estos no podrían ser puestos en práctica. El punto de vista normativo que sostiene que no deberíamos intentar controlar a la ciencia tiene un número de fuentes, incluyendo una indiscutida aceptación de muchos científicos del proyecto Bacomano-cartesiano de una ciencia natural moderna, la perspectiva libertaria que se ha vuelto dominante en la última generación y la natural tendencia de los norteamericanos a tener un visión optimista sobre el futuro. Esta visión ha sido fuertemente reforzada por lo que se ha percibido como el éxito de la TI en apoyar valores político; tales como el individualismo y la democracia. Los intentos por controlar el uso de la TI, por ejemplo la prohibición de la pornografía en Internet, como intento la Comunnications Decency Act (Ley de Decencia en las Comunicaciones) de 1996, han sido ridiculizados y tratados como puritanos y anticuados.

Existen por supuesto usos de la Tl que incluso sus propulsores más libertarios no trataran de defender, como la pornografía infantil y la difusión de la información sobre el armado de bombas. Entonces es ahí cuando el segundo argumento entra en escena, es decir, que si uno quisiera controlar los usos de la tecnología, no sería posible hacerlo. Insisto, la TI ha sido particularmente susceptible a esta línea de argumentación, porque contrariamente a la tecnología de armas nucleares, no premia a las economías de escala. La naturaleza descentralizada de la tecnología de la información y la característica de no respetar fronteras que es inherente a las comunicaciones modernas, fomenta la globalización y crea una situación donde es virtualmente imposible para cualquier estado-nación controlar tos usos de la TI por sí mismo dentro de sus límites
fronterizos. Estados como Singapur o la República Popular China, que han tratado de controlar el disenso político en Internet, se han dado cuenta de que esa lucha se les ha hecho muy cuesta arriba. Los intentos franceses de hacer obligatorio el uso del idioma francés en los sitios de la web dentro de sus fronteras han sido más ridículos que efectivos. Cualquier esfuerzo actual para imponer controles sobre el uso de la TI requiere un nivel de gobierno global que no existe en la actualidad y es políticamente muy poco probable que en el futuro vayan a existir.

Los mismos problemas se presentaran en cualquier intento por controlar la biotecnología. Los beneficios de la biotecnología serán tan grandes y tan evidentes para tanta gente que las reservas morales sobre sus desventajas —que en mi opinión son mucho menos serias que aquellas para la TI— tenderán a dejarlas de lado como prejuicios sin fundamento. Los ejemplos de la Ritalina y el Prozac son instructivos en este respecto: en la década pasada se lanzo una gran revolución en el control del comportamiento social sin bombos y platillos y sin debate, impulsada por el exclusivo interés de las compañías farmacéuticas privadas. Además, los esfuerzos por controlar la biotecnología se toparan con los mismos obstáculos que los intentos por controlar la TI. La globalización significa que cualquier estado soberano que busque imponer límites a, digamos, la clonación o la creación de bebes de diseño, no podrá hacerlo; las parejas que se enfrenten a una prohibición del Congreso de los Estados Unidos, por ejemplo, podrían ir discretamente a las islas Cayman o a México para que les clonen sus hijos. Incluso más aun, la competencia internacional podría inducir a las naciones a dejar de lado sus reparos: si un país o región del mundo estuviera produciendo individuos genéticamente superiores gracias a sus leyes laxas sobre la biotecnología, habría presión de los otros países para ponerse a la par. El modo de pensar libertario y la ausencia de mecanismos internacionales de gobierno, que parecían apropiados para la revolución TI en buena medida benevolente, podrían ser menos apropiadas para una revolución biotecnológica más siniestra. Pero a esa altura, los esfuerzos para cerrar la puerta pueden llegar a ser infructuosos.


Conclusiones

Es por supuesto imposible predecir el curso futuro del desarrollo tecnológico, por mucho que “el Fin de la Historia” fuera atacado por ser un ejercicio en futurología, ese nunca fue su propósito. La biotecnología puede resultar no ser tan poderosa como he sugerido, o puede ocurrir que la revulsión moral hacia la ingeniería genética demuestre ser tan fuerte que los desarrollos en esa dirección sean parados en seco (nadie, después de todo, esta presionando para construir armas nucleares personales, a pesar de que es tecnológicamente posible). Aquellos que intentaron encontrar la falla clave del “Fin de la Historia” en los acontecimientos políticos y económicos de la década pasada erraban el tiro. No hay nada, como ya he dicho, que haya ocurrido en la política mundial desde el verano de 1989 que invalide el argumento original: la democracia liberal y el mercado hoy en día siguen siendo las únicas alternativas realistas para cualquier sociedad que quiera formar parte del mundo moderno. El defecto clave del “Fin de la Historia” se halla en un nivel completamente diferente. La posibilidad de tal fin depende de la existencia de una antropología humana que esté basada en la naturaleza. El período que comenzó con la Revolución Francesa ha visto el ascenso de diferentes doctrinas que esperaban superar los límites de la naturaleza humana por medio de la creación de una nueva clase de ser humano, uno que no estaría sujeto a los prejuicios y limitaciones del pasado. El fracaso de esos ex-perimentos a finales del siglo XX nos enseñó los límites del constructivismo social y refrendo un orden liberal basado en el mercado sustentado en las verdades autoevidentes sobre la “Naturaleza y la Naturaleza de Dios”. Pero podría ser que las herramientas que los construccionistas sociales del siglo XX usaron, desde la temprana socialización de los niños y el psicoanalista hasta la propaganda de agitación y los campos de trabajo forzado, fueran simplemente demasiado crudos para alterar efectivamente el sustrato natural de la conducta humana. El carácter abierto de la ciencia natural moderna sugiere que dentro de las próximas dos generaciones dispondremos del conocimiento y la tecnología que nos permitirá lograr lo que los ingenieros sociales no pudieron hacer en el pasado.8 A esa altura, habremos abolido definitivamente la Historia Humana porque habremos abolido a los seres humanos como tales. Y entonces una nueva historia posthumana comenzara.
Fragmento del artículo publicado en la Revista The National Interest, Washington, verano de 1999.
1 Friedrich A. Hayek, “The Use of Knowledge in Society”, American Economic Review (Septiembre 1945)
2 Para hallar un ejemplo de esta línea de pensamiento, Virginia Postrel, “The Future and its Enemies” (New York, Free Press, 1998).
3 Ver mi artículo “Women and the Evolution of World Politics”, en Foreign Affairs (Septiembre/Octubre 1998).
4 Las drogas relacionadas son dextroanfetamina (Dexedrina) y permolina (Cylert).
5 Las drogas relacionadas son el paxil de los laboratorios Pftizer Zoloft y Smtih-kline Beecham.
6 La controversia respecto de la Ritalina es tal que los Institutos Nacionales de Salud Mental (National Institutes of Mental Health) fueron forzados a realizar un simposio a principios de 1999 para discutir sobre ADHD y el creciente uso de la droga.
7 Para leer sobre la discusión, consultar Mary Eberstadt, “Why Ritalin Rules”, Policy Review (Abril/Mayo 1999).
8 Estos ingenieros sociales podrían trabajar para un labora- torio o para un grupo de presión de padres y no para el Estado.

, traducción de Rodrigo Molina

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